viernes, 30 de enero de 2026

ADIVINA ADIVINADOR... 🤔🤔🤔🤔🤔

 



No hay salvación... ¿Guatemala o Guatepeor?

 



¡Qué rápido se desarman las operetas!

 




"DESPERTANDO" (CON VIDEO)

 

¿En qué se parecen? 😂🤣😎 (VIDEO)

 

FABIO POSCA Y FEDERICO BAL CRITICAN AL ROCK STAR (VIDEO)

 

¡¡¿¿Hasta cuááándooo??!! ¿Algún día Dios se apiadará de ellos? 🤔🤔

 





¡Paren las rotativas! Noticia muy importante 🙂🥱

 



Marixa Balli se dedicará a "otro rubro" 🤔🤔😎 (CON VIDEO)

Lo dice la reencarnación de Einsten (CON VIDEO)

 

Explotó un depósito químico de Otowil en San Fernando (CON VIDEO)

 



La familia de Pablo Grillo compartió un video del fotógrafo y el avance de su recuperación

 

Para pensar...

 

Número equivocado Todos los martes a las 3:00 p. m., mi madre marcaba el mismo número equivocado. —Hola, soy Elena. ¿Está Thomas? —No hay ningún Thomas aquí, señora. —Ah… disculpe la molestia. Y entonces hablaban. Doce minutos. Sobre el clima, un libro que ella había leído, cómo estallaban las flores en primavera. Así durante más de seis años. Cada semana. A la misma hora. Yo pensaba que era olvido, confusión de memoria… hasta que un día le pregunté con la voz más suave que pude: —Mamá, ese no es el número de Thomas. Llevas años marcándolo. ¿Por qué lo sigues haciendo? Y ella lo dijo con completa naturalidad: —Porque alguien contesta. Se llamaba Beatrice. Tenía ochenta y cinco años y vivía sola. La primera vez que mamá marcó ese número fue por error de verdad, y Beatrice le susurró: —Si quiere… puede volver a llamar. Nadie me llama nunca. Y mi madre volvió a llamar. El martes siguiente. Y al siguiente. Y así durante años. Jamás se vieron. Jamás se intercambiaron fotos. Solo voces. Doce minutos exactos cada semana. Nadie más sabía de ese ritual disfrazado de equivocación. —¿Por qué finges que te equivocas? —le pregunté una vez. —Porque pedir ayuda duele —dijo—. Pero aceptar un número equivocado… es fácil. Hasta que un martes, mamá no pudo llamar. Fue un derrame cerebral. Rápido. Silencioso. Tenía ochenta y cinco años. Y se fue. El siguiente martes a las 3:00 p. m. hubo silencio. Entonces tomé el teléfono y marqué: —Hola. Soy Claire. La hija de Elena. Creo que esperaba su llamada hoy. Largo silencio al otro lado. Luego, un susurro: —Se ha ido, ¿verdad? —Sí. Lo siento muchísimo. Beatrice dejó escapar un llanto suave. Y me confesó algo que nunca olvidaré: —Tu madre me salvó. Cuatro veces. Cuatro martes distintos en los que ya no quería seguir. Y justo cuando estaba por rendirme… sonaba su voz. Desde entonces, todos los martes a las 3:00 p. m. la llamo yo. —Hola, soy Claire. ¿Está Thomas? —No hay Thomas, querida. Pero estoy aquí. A veces la llamada más importante no es para la persona que esperas… es para quien necesitaba que alguien respondiera.
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